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martes, 12 de marzo de 2013

11-M

Recuerdo que hacía cola en el ambulatorio que había junto a mi casa. Había una concentración de gente considerable. Todos habíamos sido citados para una analítica, por lo que el tiempo de espera era corto. No había malas caras ni gestos de reproche en el rostro de nadie o resoplidos que indicasen nerviosismo.
Si la memoria no me falla, ya había entregado mi muestra de orina y me tocaba la odiosa extracción de sangre. No es el dolor lo que temo, porque ni siquiera es temor. Es esa horrible sensación que se me revela como si me estuviesen quitando la vida poco a poco. Con insoportable lentitud, como si se recrearan.

Llevaba tiempo con mal estar general. Flojera y mucho cansancio. Recuerdo que me iba a la cama muy cansado y tras un plácido sueño, me levantaba agotado. Los complejos vitamínicos no habían conseguido invertir esa sensación, por lo que se dispusieron a buscar enfermedades como leucemia o Sida. El mal trago era considerable.

Sonó el móvil. Mi móvil no sonaba y mucho menos a poco más de las ocho de la mañana, por lo que supuse que se interesaban por mi y mis pruebas. Tuve que pasar el mal trago de que me rogaran que apagara el móvil. "Crea interferencias con los equipos".
Luego sonó otro móvil. Y otro. Y otro... A nadie se le pasó un detalle así.
Había una radio que sonaba muy baja. Se oyó la palabra "atentado" y todo el mundo guardó silencio para intentar oir lo que decía la locutora.
Aguardé pacientemente hasta que llegó mi turno, aguanté el trance sin mayor percance y salí con premura, crucé la calle subí a casa y puse la tele.

Todo era confuso. Se hablaba de varias explosiones, pero no se podía concretar mucho.
Yo no tenía demasiada prisa, porque en el trabajo había avisado de mi analítica y por lo que decían en las noticias, estaban suspendiendo servicios de Metro y Cercanías. Mi destino era Avenida de América, por lo que las probabilidades de poder llegar en transporte público, eran nulas. Tampoco tenía intención de hacer uso del transporte público, dadas las circunstancias.

Una vez tenía todo preparado, inicié la caminata. Me esperaba un largo camino. Una vez recorridas, más o menos las dos terceras partes del total de mi periplo, vi que habían instalado unidades móviles de extracción de sangre. Había colas inmensas de gente, esperando para donar sangre. No me sorprendió, ya que poco antes, al pasar por el Hospital Gregorio Marañón, el trasiego de ambulancias y gente había resultado alarmante.
No me sorprendió, pero sí me sobrecogió.

Poco después conseguía llegar a mi puesto de trabajo. Era un edificio de oficinas.
Nadie hablaba de otra cosa. Todo el mundo intercambiaba información: todo el mundo comentaba lo que había oído.
Las cifras eran confusas, pero todo apuntaba a que era muy gordo.
Subí a mi "despacho", donde me cambié, como todos los días y directamente me senté a la mesa, frente al ordenador. Abrí internet. Traté de encontrar respuestas, pero la confusión reinaba en La Red igual que en el mundo exterior.

El resto, ya lo sabemos.

Ese día no se me olvidará nunca. Puede que olvide o recuerde distintos detalles puntuales, pero no olvidaré el 11 de marzo de 2004.

No voy a decir que el día posterior fue peor, porque sería olvidarme de las víctimas. Pero el día 12 todos nos convertimos en víctimas al subirnos al metro y sentir pánico.
Me resulta imposible olvidar la expresión de pavor en los rostros de todos cuantos compartían viaje conmigo en aquel vagón medio vacío. Todo el mundo se miraba con recelo. Todos mirábamos las mochilas ajenas. Todos sospechábamos de todos.
Alguien rompió a llorar. Sus lágrimas encontraron compañía rápidamente. Fue un largo viaje.

Lo recuerdo como dos de los días más tristes de mi vida.

 Y no voy a olvidar.


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